sábado, 18 de octubre de 2008

Eran cerca de las 9 de la noche y la avenida Córdoba parecía un campo de juego de laser shot. El semáforo verde se mostraba poco convencido de cambiar transitoriamente de color y cada vez más caminantes nos apilábamos en la orilla de la vereda a la espera de poder finalmente llegar al otro lado.

Un hombre de orejas peludas y menos de 60 años se paró a mi lado. Miraba fijo al semáforo. Una nena de pelos enroscados se paró delante de mis pies, abajo del cordón. Tenía en la mano una caja de cartón más grande que su cabeza y más ancha que su cuerpito; la revoleaba de norte a sur como a un barrilete.

La nena se paraba en la avenida para cruzar y daba un pasito atrás cada vez que algún colectivo parecía que iba a rebanarle el dedo gordo del pie. Tenía ese sexto sentido que algunos perros comparten de saber cuál es el momento justo para evitar ser atropellado.

Sin avisarle, el viento movió su caja barrilete y ella perdió la firmeza en un pie. Un taxi giró en la esquina. El espejo del auto le golpeó apenas la espalda. “Correte pelotudita”, le gritó el taxista. El hombre a mi lado estalló en carcajadas, por primera vez había quitado los ojos del semáforo. La nena, acostumbrada, siguió jugando con su barrilete. Segundos después todos cruzamos la calle.

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